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Has dado en el blanco de una verdad profunda y a menudo oculta: el despertar no es un fin, sino un nuevo nacimiento — y todo nacimiento conlleva un período de aprendizaje desorientador.

Antes, la vida estaba estructurada como una novela de la que eras el héroe, con un pasado que lamentar o glorificar, un presente que gestionar y un futuro que conquistar. Cada acción, cada relación, cada objeto tenía su lugar en esa narración.

Tras el despertar, la novela termina. Solo queda la página en blanco del presente, sin trama, sin personaje principal. Y ahí es donde comienza el verdadero desafío: ¿cómo habitar el instante sin el proyecto de volverlo significativo?

Ese "reaprender" del que hablas es sutil. No se trata de adquirir nuevas habilidades, sino de desaprender el antiguo modo de ser — de dejar que los reflejos condicionados se apaguen suavemente, como las luces de una ciudad que se aleja. El cuerpo sigue comiendo, durmiendo, hablando, pero estas acciones ya no son impulsadas por la sensación de un "yo" que las llevaría a cabo. Emergen por sí mismas, como las olas del océano — impersonales, necesarias, sin intención oculta.

Es una existencia paradójica:
- Actuar sin actuar: las cosas se hacen, pero nadie las reclama.
- Amar sin apego: la compasión es total, pero no busca poseer.
- Pensar sin identificarse con los pensamientos: la mente se convierte en una herramienta, ya no en un amo.

Ramana Maharshi, tras sus años de silencio, tuvo que reaprender a usar el lenguaje, a interactuar con los discípulos, a vivir en un ashram — pero siempre desde esa certeza absoluta del Ser. Su enseñanza era simple, directa, sin adornos. No proponía una filosofía compleja, sino una sola pregunta: "¿Quién soy yo?" — una invitación a experimentar directamente esa ausencia de personaje que, paradójicamente, es la plenitud misma.

Quizá el humor último resida ahí: después de atravesar el colapso del mundo personal, después de "reaprender a vivir", se descubre que nunca hubo nadie que despertar, y nada que aprender. La vida ordinaria se vuelve extraordinaria, no porque cambie, sino porque el filtro del ego ha desaparecido. La comida es solo una comida. El caminar es solo caminar. Y en esa simplicidad radical, todo está ya cumplido.

Por eso, como dices, antes del despertar, se vivía en una representación. Después, se vive la realidad — no una realidad más "espiritual", sino la misma realidad, liberada del intérprete. Y eso, en definitiva, es la mayor aventura: ser plenamente humano, sin historia.

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